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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

miércoles, 10 de septiembre de 2014

PRÓLOGO DE MI NOVELA "EL HOGAR DE LOS SAUCES"





PRÓLOGO

I

¿Cuánto se puede olvidar después de una tragedia sucedida durante la infancia y cuánto te persigue durante el resto de tu vida, como una pesada y oscura sombra adherida a tu piel, a cada aliento que despide tu respiración, a lo largo del camino recorrido? Eso es lo que me propongo descubrir, mientras conduzco, a través de la oscura noche, acompañando mi soledad y mi tristeza por los conocidos sonidos de la música que despide la radio del vehículo a todo volumen. La locutora radiofónica, mi única amiga y compañera en este largo y difícil viaje, tiene una voz tan aterciopelada como una cálida y húmeda promesa de placer, y lleva, desde la medianoche presentando temas plagados de nostalgia, canciones de una época en la que la música era otra cosa: un sentimiento, una rebelión, algo muy lejano del concepto de música que existe en la actualidad, poco más que un ruido machacón que te taladra el cerebro como un martillo neumático.

Las canciones que va desgranando la locutora de la voz sensual, son las canciones de mi juventud y escucharlas, ahora, en el momento en que retorno hacia mi infancia, me produce la sensación de estar colándome por el desagüe del tiempo hacia las tuberías más profundas de mi vida. Al igual que la voz de esa locutora se deja llevar, descendiendo por el sinuoso río temporal, hacia otra época, yo avanzo rumbo hacia mi pasado, en busca de una infancia casi olvidada por completo, pues apenas conservo un puñado de recuerdos aislados de mi niñez, como islas solitarias en mi memoria que acompañan desde entonces mis sueños y, sobre todo, mis pesadillas.
 
 



Recuerdos… Recuerdo a mi madre: su sonrisa, su largo y sedoso cabello rubio agitado por el viento. Recuerdo la bonita casa con la puerta roja y los picaportes dorados; la alta valla de piedras blancas, rodeada de sauces; el enorme jardín, su verdor y su fragancia; las rosas, rojas como la sangre, plagadas de abejas. Recuerdo el viejo sauce llorón en el centro del jardín y, aunque parezca una locura, recuerdo nítidamente como si la estuviera viendo en este mismo instante, brillando en el cielo nocturno, la luna: sonriendo en la noche con una tranquilizadora sonrisa que parecía estar dirigida exclusivamente para mí. Recuerdo un caballito de madera con el hocico roto y un pequeño perro al que le faltaba una oreja, aunque no puedo encontrar en mi memoria el nombre del animal y ni siquiera sé si el chucho era de mi familia o un simple perro callejero. Recuerdo a mi hermanita abrazada a su vieja muñeca de trapo, sus ojos llorosos muy asustados. Recuerdo el miedo y la sangre, la oscuridad, pero sobre todo tengo consciencia de un profundo y devastador dolor que cubre todos mis recuerdos con un pesado manto.

Mi memoria está colapsada por una espesa capa de tinieblas que la ocupan casi por completo, como si fuera una vieja pizarra mal borrada, en la que todavía se pueden atisbar unas pocas palabras difuminadas. Hay mucha oscuridad en esa pizarra. Con un temblor me parece rememorar aquella oscuridad como algo vivo y profundamente maligno. Por último, aunque no querría acordarme de eso, no puedo evitar ver el rostro de mi madre muerta, tendida en un charco de su propia sangre y, no muy lejos de su cadáver, la muñeca de trapo de mi hermana, abandonada junto a una puerta de madera extremadamente negra, una madera que parecía viva y fría como un infierno de hielo. En mi interior sé que detrás de la puerta sólo aguardan la oscuridad y el terror.

Recuerdo todas esas cosas, pero ninguna imagen queda en mi memoria de mi padre ni de lo que ocurrió dentro de las vallas que protegían aquella casa, junto a la que ahora detengo mi coche. Tampoco guardo en la memoria nada de lo que sucedió antes de que mi mundo de niño de diez años cambiara para siempre. No sé si era un niño feliz o caprichoso, tranquilo o nervioso. Ni cuál era mi juguete preferido en aquellos días, ni a qué jugaba con mi hermana, ni qué dulces me hacía de postre mi abuelita, si es que he llegado a conocer a alguna de mis abuelas. Pero, aunque no recuerdo mi niñez, es indudable que lo que en ella aconteció está grabado en mi corazón, recubriéndolo con una patina viscosa y oscura, de la que no puedo desprenderme.

Mis primeros recuerdos tangibles y reales son los de una gris habitación de orfanato, años después de abandonar mi niñez, cuando ya me había convertido en un adolescente, rodeado de otros adolescentes problemáticos, tan problemáticos como yo.

Una infancia perdida. Eso es lo que busco. Eso y la verdad. Durante un par de décadas he evitado enfrentarme a ese vacío en mi mente, pero ahora una promesa me ha hecho volver. Ella, antes de que el maldito cáncer ganara la larga y cruenta batalla sobre su cuerpo, me hizo prometerle que regresaría en busca de respuestas. Nunca pude negarle nada, así que aquí estoy, cumpliendo mi última promesa. La promesa de regresar. Regresar a “El Hogar de los Sauces”.

Eso es justamente lo que está escrito con estilizadas letras góticas en el letrero sobre la vieja verja de hierro oxidado, que alumbran las luces del coche en este momento… “El Hogar de los Sauces”…

Una extraña sensación, como si una esquirla de hielo me hubiera atravesado el corazón, me invade como un mal presentimiento. Mis manos tiemblan sin control, tengo que aferrar con fuerza el volante de cuero para detener el temblor. Un sudor frío recorre mi cuerpo, empapando mi camisa oscura de una helada y funesta sensación. Estoy en casa. He regresado.

Una lechuza, de una blancura impoluta, surge desde la oscuridad de los sauces que rodean la casa, volando hacia la verja, posándose sobre la letra O de la palabra HOGAR. Desde allí me observa atentamente con sus enormes e hipnóticos ojos, grandes como redondos espejos que parecen contener toda la sabiduría, todo el conocimiento del mundo. Por un momento creo percibir, si eso fuera posible, un sentimiento de alegría en el bellísimo ave, como si mi presencia en aquel lugar fuera de su agrado, como si llevara esperándome mucho, mucho tiempo. Después alza el vuelo, surcando los cielos en la noche. Sigo por unos instantes su trayectoria, fascinado por la mágica elegancia con la que el esplendido ave surca la oscuridad, hasta que en el mismo momento en que cruza por delante de la luna, desaparece como si hubiera atravesado una puerta invisible hacia la nada. Y es en este mismo instante, al igual que en mis sueños, mis pesadillas o mis recuerdos, cuando la luna llena me sonríe con dulzura, con la tierna sonrisa de afecto que una vieja y querida amiga guarda para un conocido muy especial al que hace mucho tiempo que no ve.

II

Un café bien cargado vigila mis sueños. O, mejor dicho, evita mis sueños. Desde la ventana de la habitación del motel observo la silenciosa ciudad entre montañas a altas horas de la madrugada. No me acuerdo de la pequeña ciudad, aunque supongo que pasaría largos ratos paseando y jugando por sus estrechas calles. Desde la silla que he colocado junto a la ventana del motel puedo ver el patio de la escuela donde, sin duda, estudiaba de pequeño, pues es la única escuela de la pequeña urbe. Nunca me ha sido fácil hacer amigos, me pregunto si entonces, siendo niño, tenía más facilidad, y si ese patio ha sido mudo testigo de las travesuras que ideaba con mi grupo de amigos o, por el contrario, sus frías paredes presenciaron las humillaciones que sufrí por parte de los crueles niños. No puedo saberlo, y no parece que el patio vaya a compartir conmigo sus añejos recuerdos. Quizá sea lo mejor.

Por suerte desde el lugar donde me encuentro mi visión del cielo nocturno no me permite ver la luna llena. He achacado a los nervios y al cansancio, provocado por las largas horas conduciendo, la extraña visión de la luna y su dulce sonrisa, tan real como sacada de mis sueños. También puede haber tenido algo que ver la horrible tensión que ha devorado mi mente y mi cuerpo durante las últimas y terribles semanas, esperando a cada instante que la muerte acudiera en busca de mi esposa y todo terminara. Por desgracia ha ocurrido, es un hecho, mi esposa ha muerto. La muerte llegó hasta ella poniendo fin al dolor y al sufrimiento. Tal vez no haya sido una buena idea venir aquí, a cumplir mi promesa, justo en este momento, con el dolor de su fallecimiento tan reciente, pero necesitaba alejarme de todo. Escapar. Huir hacia un lugar donde nada me recordara a ella. A su ausencia. Y que mejor lugar que “El Hogar de los Sauces”, donde ya en el pasado olvidé todo. Quizás eso sea de verdad lo que busco: un olvido eterno.

Tras el funeral, sin despedirme de nadie, he montado en el coche y he puesto rumbo a la pequeña ciudad que me vio nacer, pues, aunque yo no tenga recuerdos de esta pequeña urbe, eso es lo que pone en los documentos del orfanato que mi familia de acogida guardaba en un cajón atestado de papeles.

Sin saber muy bien que creía que me iba a encontrar en aquella casa, me he dirigido allí, atravesando el país de un extremo a otro, conduciendo sin descanso a través del día, de la noche y de cientos de kilómetros, dispuesto a cumplir mi promesa cuanto antes, pero la curiosa lechuza y la desquiciada imagen de la luna llena, sonriéndome con afecto, me han hecho replantearme mi visita. Mañana será otro día y la luz del sol parece mucho más adecuada para enfrentarse a viejos misterios y oscuros secretos. Ojalá pudiera dormir, aunque sólo fuera un momento, pero temo cerrar los ojos. Hace días que no me dejo acunar en el cálido abrazo reparador del sueño. Antes, pues necesitaba vivir cada instante que me quedara a su lado. Ahora, porque la sonrisa de la luna amenaza mis sueños. El café es un compañero de viaje muy fiable, le entregas tu cuerpo y el alma, y a cambio te mantiene en pie, incluso contra tu voluntad. Bebo de la humeante taza, temiendo la llegada del nuevo día. ¿Qué voy a encontrar? ¿Qué me deparará mi visita a “El Hogar de los sauces”? ¿Qué recuerdos voy a desenterrar de sus profundas tumbas sin lápida?

III

A la luz del día nada parece tan terrible como bajo las sombras de la noche, no hay rastro de la luna ni de su inquietante sonrisa, el sol calienta con ganas desde el cielo, hace un día esplendido. El saucedal, que anoche parecía tenebroso y cruel, lleno de peligros y amenazas, ahora es sólo un entrañable lugar por cuyas frescas sombras apetece pasear para cobijarse de los cálidos rayos del sol que calientan mi nuca con dedos suaves y reconfortantes. Me encuentro parado ante la misma verja oxidada, coronada con el letrero con el nombre de la finca. Desde la verja observo la casa, no parece, como creía que iba a suceder, el arquetipo de casa encantada de cualquier mala película de terror. Es una casa antigua de piedra, pero bonita y acogedora. O al menos lo sería, si no estuviera, por lo que parece, completamente abandonada durante un largo periodo de tiempo. Sus hermosos jardines, una de las pocas cosas que recuerdo del lugar, además de su nombre, están conquistados por un ejército de malas hierbas, secas y agostadas, y nada queda en ellos de aquel verdor y aquella fragancia que acompañaron mi infancia. Las rosas rojas como la sangre han desaparecido por completo, dando paso a un áspero pastizal, sin vida. Sólo el enorme sauce llorón, que reinaba en el jardín junto al estanque, aún se mantiene vivo y verde. Sus frondosos ramajes caen hacia el suelo como un millar de lágrimas esmeralda. Cuando mis ojos quedan fijos en aquel árbol solitario, miles de recuerdos amenazan con quebrar mi mente, como un frágil cristal que se estrellara contra el suelo. Un profundo mareo, acompañado por un terrible dolor de cabeza, me hace tambalearme, por suerte no pierdo el equilibrio, pues consigo agarrarme a uno de los oxidados barrotes de la verja y quedo sentado, apoyado en la puerta como un muñeco de trapo, sin nadie que maneje mis hilos.

Finalmente el aire regresa a los pulmones y mi mente se despeja. Los recuerdos se me han escapado, de pronto, como hojas secas dispersadas por el viento, los he rozado con los dedos, pero ya no están.

Necesito dormir y descansar. Mi cuerpo está a punto de decir basta y, por lo que parece, mi mente vaga perdida por extraños y tortuosos senderos. Me recuesto en la pared de piedras, junto a la verja, y respiro tranquilizándome durante un buen rato. Los ojos clavados en el letrero con el nombre de aquella casa, donde pasé mi infancia.

Durante la mañana he intentado entablar conversación con varias personas para conseguir un poco de información, sobre lo que hubiera podido ocurrir en “El Hogar de los Sauces” hace tanto tiempo, todas esas personas se han mostrado muy amables y dispuestas, hasta el momento en que he mencionado el nombre de la casa.

Mi primer intento ha sido en la plaza de la ciudad, donde me he acercado a un viejo parroquiano que observaba discurrir la vida a su alrededor, con la calma que dan los años y la experiencia, sentado en un banco, mientras echaba parsimoniosamente de comer migas de pan duro a las bulliciosas palomas.

— Buenas días, ¿podría hacerle una pregunta?

El anciano me ha observado, interesado, con sus ojos nublados por las cataratas, pues cualquier cosa que varié un ápice el discurrir monótono de la lenta vida de la pequeña ciudad, debe de ser un acontecimiento para él.

— Por supuesto, joven. Dígame— ha contestado con una sonrisa gastada por los largos años de vida y duras experiencias, de viejas tristezas y esperanzas quebradas.

— Estoy buscando un lugar. Es una vieja casona, junto a la carretera, rodeada de un saucedal…

— “El Hogar de los Sauces”— ha afirmado el anciano sin dejarme terminar. He podido ver como su interés en mi persona se multiplicaba, como si me devorara con los ojos casi ciegos por las cataratas.

— En efecto— he asentido, sintiendo un nudo cerrándose con fuerza en mi estómago.

El humor del viejo se ha tornado hosco al instante, y me ha indicado, a regañadientes, como llegar a la casa que buscaba. Aunque he intentado sonsacarle más información, nada  he conseguido del anciano, salvo saber que la casa llevaba unos veinticinco años abandonada.

— Así que está vacía— he comentado tratando de continuar con la conversación.

— He dicho que está abandonada— ha gruñido el viejo, escupiendo en el suelo, muy cerca de mi zapato, un gargajo que parecía sacado desde los mismos dedos de sus pies. — No he dicho que esté vacía.

Después el anciano se ha levantado, sin hacerme caso, apoyado en un bonito bastón de madera tallada y ha puesto su viejo cuerpo en movimiento, con una larga serie de crujidos y quejidos, ignorándome completamente, alejándose, con una parsimoniosa lentitud, por la pequeña placita llena de niños jugando. Niños como debería ser yo en aquel entonces.

Poco más de lo que me ha contado el anciano de la plaza he conseguido averiguar. Sólo gestos preocupados y miradas extrañas, pero nada de información. Bajo los ojos de esas personas me ha parecido atisbar una sombra de miedo y vergüenza. Está claro que algo ocurrió en esta casa, algo que marcó tanto a estas gentes, que más de veinte años después, todavía se muestran reacios a hablar de ello, y su estómago se revuelve como si acabaran de tener una mala digestión.

Ahora, desde mi incómodo asiento en el suelo, con la espalda apoyada en la valla, veo que la verja tiene una gruesa cadena de acero, para proteger la casa de visitantes indeseados, ya sean adolescentes que la utilicen para reunirse, drogarse, beber y follar; o vagabundos que busquen cuatro paredes para resguardarse de la lluvia y el frío. Es una buena cadena con un buen candado y la verja es muy alta, rematada en agudas puntas. No parece muy factible entrar por aquí.

Ya recuperado de mi desfallecimiento, me pongo en pie y echo un vistazo en rededor. La valla de piedra blanca tampoco parece fácil de escalar, es alta y gruesa como la muralla de un viejo castillo. Doy, por tanto, un rodeo internándome en el umbrío saucedal que rodea la casa, siguiendo la pared de piedra en busca de un lugar de más fácil acceso.

Los sauces acarician mi cabeza con sus largas barbas de hojas verdes y fragantes, como si todos quisieran tocarme, abrazarme entre sus ramas. De nuevo tengo la misma sensación que cuando la luna me miró con una franca sonrisa de amistad en la boca, como si esos sauces me recordaran, como si estuviera entre viejos amigos, como si las ramas cuchichearan con el viento, hablando entre ellas sobre mí. Un murmullo parece extenderse por el saucedal, un alegre murmullo formado por palabras siseantes, tan antiguas como el mundo, que me hacen retroceder a un tiempo en que el bosque dominaba, sin rival, de uno a otro confín de la tierra, y una ardilla podía cruzar extensiones de miles de kilómetros, saltando de una rama a otra, sin pisar el suelo. De pronto el viento cesa de golpe y el bosque termina su cuchicheo de manera abrupta. Una niña me mira con ojos como platos, tendrá unos trece años, pelo rubio con coletas, mejillas sonrosadas, viste un bonito vestido de flores malvas y botines blancos.

— ¡No deberías estar aquí!— exclama muy sorprendida de verme en ese lugar, interrumpiendo sus juegos secretos entre los troncos de los sauces.

Intento hablar con ella, tranquilizarla, pero es inútil, se escabulle, ligera como un ciervo entre la maleza. Por un momento pienso en seguirla, pero me doy cuenta de lo estúpido que sería, un adulto persiguiendo a una niña desconocida entre los árboles. Por lo tanto continúo con mi búsqueda, siguiendo la valla de piedra que circunda “El Hogar de los Sauces”, pero no encuentro ningún resquicio por el que pueda introducirme en la finca. Desilusionado, llego de nuevo al lugar donde he aparcado el coche, frente a la verja. Para mi sorpresa la puerta está abierta de par en par, y la cadena y el candado, inútiles ahora, se hallan tirados en el suelo.

La puerta a mis recuerdos, a mi pasado, se encuentra franca ante mí. El sendero, que da paso a la verdad sobre lo que allí ocurrió hace ya tanto tiempo, está libre. Por un momento deseo estar en cualquier lugar, menos en el lugar en que me encuentro. Podría coger el coche de nuevo y regresar a mi vida, olvidarme de esto para siempre. Es lo que voy hacer ahora mismo… ando, como sonámbulo, internándome en “El Hogar de los Sauces”, dando la espalda a mi vida, entrando en el profundo agujero que ciega mi memoria.

IV

Camino por el sendero de baldosas rosadas que llevan hacia la casa. Las malas hierbas amenazan con conquistar incluso el sendero, pero, por ahora, las losas resisten la invasión, dejando paso franco hasta la puerta. Por un momento me siento tentado de volver a echar un vistazo al sauce llorón, junto al estanque, pero una voz en mi interior me dice que no es el momento, que no estoy preparado. La puerta de la casa también se encuentra abierta, de par en par, como la verja. Por lo que se ve, alguien ha entrado en la finca, mientras yo paseaba alrededor de ella por el saucedal, buscando un agujero por el que poder colarme.

Es una puerta enorme de madera pintada de rojo, con picaportes dorados y un par de aldabones, también dorados, en la parte superior. No hay timbre y supongo que, aunque lo hubiera, tampoco habrá electricidad, así que golpeo con una de las aldabas. Los golpes resuenan en el interior de la casa con un profundo eco, pero nadie acude a responder la llamada. Vuelvo a golpear y llamo también a voz en grito:

— ¿Hay alguien? ¿Oigan? ¡Hola!

Pero nadie contesta a mi llamada, sólo el silencio. Enciendo la linterna que he traído para la ocasión. Entro en el fantasmagórico recibidor lleno de muebles cubiertos por sábanas blancas, polvo y telarañas. Mis pies dejan marcadas sus suelas, a cada paso que doy, en el piso de baldosas que en algún momento fueron de un color claro. No hay duda de que nadie ha entrado en la casa antes que yo, desde hace mucho, mucho tiempo, pues ninguna huella mancilla la espesa capa de polvo acumulado durante años, delante de mis pies. Entonces: ¿quién ha abierto la puerta?

Paseo por las vacías salas de mi infancia, buscando los recuerdos que se escapan delante de mis ojos, pero no hallo en aquel impersonal vacío nada que me haga recordar. Subo las escaleras de madera de roble, acariciando con mis dedos el pulido pasamano. Me pregunto si ha sido un gesto reflejo, algo que hacía siempre en mi niñez, rozar la suave madera del pasamano, reconfortándome con su cálido tacto.

En el piso superior hay un baño con una enorme bañera de porcelana y, colgado encima  del lavabo, el marco dorado de un espejo sin cristal. Un frasco para los cepillos de dientes con forma de rana se encuentra en el suelo hecho añicos. Me acuerdo de mi cepillo naranja fosforito dentro de la rana verde, pero ningún recuerdo más acude a mi mente.

La habitación de mi hermana pequeña está pintada de vivos colores y llena de muñecas tiradas por todos los lados. Paso el haz de la linterna por toda la habitación, buscando la muñeca de trapo de mi recuerdo, pero no se encuentra entre el resto de juguetes. Algo en mi interior me dice que se halla abandonada junto a una puerta, aunque no sé muy bien lo que eso significa. Tirado en el mugriento suelo hay una hoja de papel, un dibujo hecho por una niña de no más de cinco años, plagado de colorines y muy esquemático, tal cual suelen dibujar los niños.

Lo tomo entre mis manos observándolo con emoción: el dibujo consiste en un cielo intensamente azul con una luna pintada, frente a un sol amarillo de largos rayos. La luna sonríe amistosamente y tiene unos ojos muy grandes, hay una desdibujada capa de verde y marrón que representa al saucedal rodeando la casa. El edificio está dibujado con cuadrados, rectángulos y triángulos dando forma a la fachada, las ventanas, la puerta y el tejado. En el exterior de la casa, junto al sauce llorón que está magníficamente representado, para haber sido dibujado por las inquietas manos de una niña de pocos años, aparecen las figuras cogidas de la mano de una mujer de cabellos amarillos y tres niños. Una niña más alta, un niño un poco más bajo y otra niña mucho más pequeña, con lo que supongo una muñeca de trapo en su mano. Al otro lado del sauce llorón hay un hombre oscuro, pintado completamente de negro, a su alrededor se expande una mancha de oscuridad azabache, como si aquel hombre despidiera una intensa amenaza en torno a él. Por último, apoyado en el tronco marrón del sauce hay algo que no consigo identificar, es una extraña figura formada de hojas y ramas que sale del interior del tronco o forma parte de él. Tomo el dibujo y lo guardo con una profunda nostalgia en el bolsillo de mi chaqueta. Es un dibujo realizado por mi hermanita… mi hermanita: ¿qué fue lo que ocurrió con ella? No consigo acordarme.

La siguiente habitación del piso superior es, sin duda, una habitación de matrimonio, la habitación de mis padres. Me acercó a una mesilla junto a la cama y retiro la sabana que cubre el pequeño mueble. Varios portarretratos se encuentran tirados boca abajo sobre la mesilla. Cojo uno y lo miro. En la foto hay una hermosa mujer de poco más de treinta años, con una larga melena rubia y una sonrisa muy dulce. Me siento en la cama con el retrato entre mis manos, no puedo dejar de mirar el bello rostro de la mujer. Unas intensas ganas de sollozar invaden mi pecho, y mis ojos se llenan de lágrimas, sostengo el portarretratos entre los brazos, pegado a mi corazón, y lloró durante un largo rato: lágrimas perdidas, lágrimas olvidadas. Sollozo acurrucado como un niño asustado extraviado en el bosque que acaba de regresar al hogar, a la seguridad de la cama de sus padres.

Entonces escucho junto a mí la voz de un recuerdo. Una voz conocida tararea una canción en un dulce susurro. Es la voz de mi madre, no tengo duda porque mi corazón se encoge de amor y de nostalgia al escuchar la voz. Suena justo detrás de mí, como si me la cantaran al oído. Como si ella estuviera tumbada a mi espalda, abrazándome con todo su amor.

A dormir va la rosa

de los rosales;

a dormir va mi niño

porque ya es tarde.

Mi niño se va a dormir

con los ojitos cerrados,

como duermen los jilgueros

encima de los tejados.

Este niño tiene sueño,

muy pronto se va a dormir;

tiene un ojito cerrado

y otro no lo puede abrir.

 

Es la canción de cuna que cantaba mi madre, con voz tan dulce como la miel, para que me durmiera, siempre que las sombras me asustaban. Aún puedo ver su rostro, mientras agitaba la cuna para calmarme, y todavía puedo aspirar su cálido olor, como si estuviera allí mismo junto a mí, como si pudiera sentirla y olerla. El dulce aroma que sólo una madre puede desprender, y que sólo su bebe puede oler. Cuando la canción cesa desaparece su voz, la sombra de su olor, y su cálida y reconfortante presencia que por unos instantes he sentido en torno a mí, como algo inexplicablemente físico. No puedo dejar de sollozar, sintiendo el vacío que dejó en mi pecho, algo que me fue arrebatado cruelmente hace mucho tiempo.

Duermo. Sueño. Recuerdo. Regreso a mi infancia.

VI

El niño tenía cinco años cuando se escapó de casa, enfurruñado, por no querer tragar las verduras que su madre le intentaba hacer comer. Dejó a su madre, sorprendida, con la cuchara llena de comida de aspecto verdoso y bastante repugnante, la verdad, a medio camino de su boca. La madre lo vio salir corriendo al jardín entre lloros y gritos, con una tremenda rabieta. Semejante enfado era bastante sorprendente, pues era un niño que jamás montaba escenas similares, por lo tanto se dispuso a salir detrás de él para llevarlo de vuelta a la cocina y al plato de coles de Bruselas, pero entonces la niña, que dormía plácidamente en la cuna, se despertó de repente y rompió a llorar con un alarido estridente. La madre acudió corriendo a la cuna para ver que le ocurría a la pequeña, se encontró con que el bebe, de pocos meses, había vomitado, poniendo la cunita en la que echaba su siesta, completamente perdida de vómito, y lloraba con atronadores berridos. La madre limpió a la niña y la consoló hasta que se calmó entre sus brazos y se quedó profundamente dormida. Con el cuidado del bebe, el enfado con su hijo por no comer las verduras, había volado de su mente.

El niño, pensando que su madre lo seguiría y le obligaría a acabar con las coles, hasta no dejar ninguna en el plato, corrió y corrió. Cruzó el hermoso jardín adornado con un montón de rosales de flores rojas plagadas de abejas. Al ver a las abejas, y escuchar su zumbido ensordecedor, aceleró, todavía más, en su carrera, alejándose de ellas. Todavía le escocía su orejita por la picadura que le propinó uno de esos malignos insectos un par de días atrás. La abeja, que volaba muy ufana de rosa en rosa, había chocado contra su oreja, picando al niño en el lóbulo. Su madre le había explicado que las abejas simplemente se defendían al sentirse amenazadas y que era un gesto de autodefensa clavar su aguijón. Un gesto inútil que, además, acababa con la vida del pobre insecto, que en vez de miedo tenía que tenerles lástima a las abejas, pues daban su vida para defender la colmena y a su reina, para salvar las rosas, que tanto gustaban a su madre, que no podían vivir sin la labor de las abejas, y para salvar la miel, que tanto le gustaba a él, pero el niño, que había tenido durante horas el lóbulo de la oreja tan hinchado como una nuez, no sentía lástima por aquellos bichos asesinos y sí un profundo pánico. Así que cuando una de las abejas abandonó la flor en la que se encontraba posada para acercarse a su respingona nariz, corrió y corrió. En ese momento la verja de la finca estaba abierta, puesto que el jardinero estaba trabajando en el jardín, y el niño se introdujo en la umbría espesura del saucedal, huyendo de las coles de Bruselas y del agudo aguijón de las abejas.

Después de un buen rato corriendo tropezó con una piedra y cayó por un valladar. Cuando se dio cuenta estaba completamente perdido entre los árboles, y tenía sangre en las rodillas y sobre la ceja. Se había mordido la lengua… Entonces fue cuando lloró de verdad.

Por suerte para él los sauces lo acogieron gustosos sobre sus raíces y bajo sus ramajes. Lo cierto es que a los sauces les gustan mucho los niños, no así los adultos, por lo menos no la mayoría de los adultos, siempre preocupados y con los ceños fruncidos, con los corazones recubiertos de pesadas mentiras, con oscuros pensamientos que los árboles en su inocencia no comprendían. Pero, en cambio, los sauces sentían mucha empatía con los límpidos pensamientos de los niños: juegos, risas, aventuras, sentir el frescor de la hierba entre los dedos desnudos de los pies y el viento bañando su rostro. Eso era algo que sí podían comprender, por lo tanto protegieron al niño alejando su camino de la zona peligrosa en el sombrío centro del saucedal, hacia donde se estaba dirigiendo el pequeño, desviando sus extraviados pasos, en dirección al claro en el bosque donde se encontraba el ser que reinaba sobre las raíces y bajo los ramajes.

El Espíritu del Saucedal lo estuvo vigilando mientras se acercaba a sus dominios, observando sus pasos y escrutando su corazón. Había algo muy especial en ese niño. Algo que el anciano espíritu del bosque no había visto en ningún otro humano, salvo una vez, hacía incontables años del mundo. Vio lo asustado y perdido que se encontraba el niño, y decidió mostrarse ante él para tranquilizarlo y consolarlo.

El pequeño vio en el centro del claro un sauce llorón tan similar al árbol que se alzaba en el jardín de su casa que parecía el mismo sauce. Entonces lo vio, aunque era difícil de ver, como si cobrara forma de las hojas del árbol, quizá un adulto no lo hubiera visto, confundiéndolo con la vegetación, pero el niño lo entrevió.

— ¿Quién eres?— preguntó con curiosidad el pequeño.

— Soy el Señor del Saucedal— respondió el extraño ser, asustando un poco al niño con su profunda voz que el pequeño no esperaba escuchar.

El niño se cayó de culo e intentó huir, arrastrándose por la tierra, pero el espíritu del bosque lo detuvo.

— No te asustes, pequeño. No hay ningún mal para ti, aquí. Sólo quiero ayudarte. Veo que estás perdido y asustado. Te ofrezco guía y una mano amiga.

Aquella tarde el Señor del Saucedal charló un buen rato con el niño, y le complacieron su alegría y sus ganas de vivir, pero había una sombra alrededor del pequeño que no le gustó nada. Veía en torno a él una profunda oscuridad y eso lo inquietó mucho. Ese inocente niño estaba enredado en un destino trágico y terrible, podía verlo tan claro como a través de una cristalina cortina de agua, por lo tanto le hizo un pequeño regalo que pocas veces desde que el mundo es mundo ha sido concedido a un ser humano. Decidió darle la visión verdadera para que pudiera conocer y hablar con los habitantes del Antiguo Pueblo, pues el ancestral espíritu del bosque sabía que el pequeño iba a necesitar toda la ayuda posible para superar los terribles acontecimientos en los que se iba a ver envuelto.

Horas después, con la llegada de la noche, el niño observó con miedo a la feroz luna llena que se había apoderado del cielo. Era inmensa, antigua, poderosa y terrible en su furia. Nunca antes había visto una luna igual a aquella que lucía sobre el claro del bosque. Se asustó de su brillo y de su ferocidad.

El espíritu del saucedal sintió su inquietud y sonrió divertido.

— Aquí brilla de otra manera diferente a como lo hace en el resto del mundo, ¿verdad? Más viva y poderosa, más bella y furiosa. No te preocupes, pequeño, no temas a la luna. Pues ella es tú amiga y guardiana— contó con su voz profunda que parecía sacada de un antiguo susurro de hojas secas, mientras señalaba con sus dedos de ramitas hacia el firmamento. — Observa atentamente.

Y la lejana luna llena, colgada en el cielo, como una pelota lanzada hacia lo alto que nunca cayó, sonrió con una cálida y reconfortante sonrisa al niño para transmitirle su tranquilidad, su seguridad de que todo iba a salir bien. Entonces el antiguo ser dijo:

— Cuentan que, en el principio de los tiempos, en la época de la Gran Oscuridad, cuando las sombras reinaban sobre esta tierra, un espíritu muy poderoso y antiguo se alzó en los cielos para proteger y guardar, para alumbrar y guiar. Junto a ella acudieron un número incontable de pequeños espíritus de menor poder. Un ejército para dispersar las sombras y traer luz al mundo. Aquel espíritu es la luna, y las estrellas son los valientes que la siguieron en su guerra eterna para desterrar la oscuridad. Por ese motivo la luna y las estrellas son veneradas por mi pueblo, sobre todas las cosas, por su valor y su sacrificio. Cuentan que en la tierra quedó el ser amado por la luna, un espíritu todavía más poderoso que ella, que se había mostrado reacio a acompañarla en su lucha eterna, pues temía las profundidades inabarcables del oscuro abismo, pero el amor que sentía por ella fue finalmente más fuerte que su temor, partió en su búsqueda, y tal era su poder y su fuerza que las sombras se retiraron a su paso, huyendo despavoridas, y así ocurre cada día, las sombras combaten con la luna y las estrellas durante la noche, y durante el día el sol las espanta con su poder para que pueda haber vida en la tierra, pero el sol busca a la luna, y la luna siempre vuela por delante de él, sin saber que su amado la sigue por toda la eternidad. Algunas veces se rozan en su danza a través del firmamento, pero jamás volverán a estar juntos de nuevo.

— Es una historia triste— comentó el niño con lágrimas en los ojos.

— Sí, lo es— asintió el espíritu del saucedal.— Las buenas historias suelen serlo, pequeño. Sobre todo cuando la Gran Oscuridad se encuentra metida de por medio, pero es también una historia de esperanza. Consuela saber que la luna nos vigila y nos protege desde el cielo, ¿no crees?

— Sí— respondió el niño observando, ahora fascinado, la sonrisa de la luna.

Entonces vieron las luces de las linternas y escucharon las llamadas que se acercaban hacia el claro. El señor del saucedal acarició los rizados cabellos del niño y se fundió con el sauce, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí.

— Recuerda, niño, mis palabras: la oscuridad se acerca paso a paso. Deberás enfrentarte a ella, si quieres salvar a los tuyos. Tienes que ser fuerte. En el mundo hay muchos seres que caminan entre la luz y las tinieblas. Ahora podrás verlos, pero ellos también te podrán ver a ti. El don que te he concedido es un arma de doble filo. No todos los habitantes del saucedal son buenos, muchos son siervos de la oscuridad. Ten cuidado y recuerda nuestro encuentro con agrado en los días oscuros que están por llegar. Adiós.

VII

Despierto de pronto como si algo me hubiera arrancado del profundo sueño en que me encontraba sumido, con un gesto reflejo observo el reloj de mi muñeca. He dormido durante largas horas, vencido finalmente por el cansancio acumulado y la falta de sueño, acostado en la cama que perteneció a mis padres. La tarde avanza ya inexorablemente hacia la noche. Me encuentro en la misma cama en la que me dejaron dormir tras aquella extraña aventura que acabo de rememorar. Es curioso, ahora recuerdo perfectamente todo lo que ocurrió aquella tarde de verano bajo las ramas del saucedal, como si siempre hubiera estado allí, como si nunca lo hubiera olvidado, pero sigo sin recordar nada más de mi infancia. Por muy extraño que parezca el sueño que acabo de tener, no dudo que sea absolutamente real.

La linterna apoyada en la mesilla alumbra el techo, por un momento me parece ver una sombra oscura, acechándome desde un rincón con ojos malévolos, pero cuando enfoco el haz de luz hacia las sombras, éstas se disuelven, mostrando un perchero cubierto por una sabana deslucida, nada más.

Me dispongo a mirar el resto de los retratos esparcidos sobre la mesilla, buscando los rostros de mi familia, las caras de mi pasado, pero entonces escucho una cancioncilla infantil que proviene de otro cuarto. Me pongo en pie un poco aturdido tras las largas horas de sueño.

Ronda, ronda

él que no se haya escondido,

que se esconda,

y si no,

que responda.

Ronda, ronda…

La vocecilla es nasal y áspera, extraña como un sueño, hipnótica, retumba en la soledad de la casona como una llamada ineludible. Me acerco por el pasillo del piso superior arrastrado por el poder de aquella voz. Empujo la puerta que está entornada. La puerta de mi cuarto. Reconozco la habitación al instante. En el centro hay una figura pequeña del tamaño de un niño cubierta por una sábana blanca balanceándose al son de la cancioncilla.

Ronda, ronda…

La canción se detiene en seco, al igual que el balanceo de la figura bajo la sabana.

La puerta a mi espalda se cierra de un fuerte golpe que retumba por toda la casa. Mi corazón se agita en el pecho. Me giro, pero nada hay tras de mí, y vuelvo a fijar mi atención sobre la sábana que se encuentra tapando algo en el centro de la habitación. Sea lo que sea lo que hay bajo la sábana vuelve a moverse despacio, hacia delante y hacia atrás. Una y otra vez.

Respiro hondo, me acerco lentamente, levanto la sábana de un tirón. El caballito de madera de mis recuerdos, con el hocico roto, se mece con sus patas de balancín. Escuchó una palabra al otro lado de la puerta cerrada:

— Recuerda.

Después, silencio.

Recuerdo claramente el caballito roto, recuerdo como se rompió, aunque, por ahora, prefiero apartarlo de mi mente, pues es un mal recuerdo que me produce un terrible escalofrío. Recuerdo mi compartimento secreto en la barriga de madera del juguete. Una pequeña puertecita oculta con la silla de montar de plástico. Recuerdo mi pequeña mano de niño de diez años ocultando algo en el secreto interior.

Es un pequeño cuaderno con las tapas forradas de tela de cuadros rojos y blancos. Lo sacó del interior del caballo de madera. La tela está bordada con letras de hilo plateado:

MI PRIMER DIARIO

El cuaderno tiene una pequeña cerradura con un cierre metálico, pero el diario está abierto y los secretos que guarda, francos para leerlos. No sé lo que hay en las hojas rosas del diario, pero sé que ya he leído sus páginas. Siento un profundo temblor, sea lo que sea lo que contiene el diario, sé con certeza que es algo horrible.

Abro la tapa. El diario está escrito en tinta roja con una fina caligrafía de letras estilizadas y pulcras. Sin duda es la letra de una niña. Me siento en la cama que un día me perteneció y comienzo a leer.

 Diario de Lydia Castillo

 20 de Septiembre

Hoy he cumplido trece años. Mi hermano me ha regalado este diario para que escriba en él todo lo que quiera. Estoy muy emocionada. Siempre he soñado con ser escritora. Con contar historias de amor que hagan llorar y lleguen directas al corazón. Como las películas de besos. Adoro esas películas y adoro este diario, pero sólo a ti mi diario te puedo confesar que aunque me meto mucho con el pequeño renacuajo, lo quiero un montón y el regalo de hoy me ha hecho quererle mucho más.

Aquí escribiré todos mis secretos y mis sueños. Para que cuando sea vieja pueda leerlos y ver si se han cumplido.

Hoy he celebrado la fiesta de mi cumpleaños. Han venido todos mis amigos de la escuela y lo hemos pasado muy bien, atiborrándonos a dulces y jugando en el jardín, bajo el viejo sauce. Mamá estaba bellísima con su vestido blanco, parecía una reina. Las demás niñas de la escuela deben estar verdes de envidia. Sus madres son como telas estropeadas y viejas comparadas con la mía que es como un vestido diseñado en París.

¡¡¡Qué feliz soy!!! Hoy ha sido un día maravilloso, solamente estropeado por la presencia de mi hermano y sus rarezas. Simón vagaba por el jardín hablando con su estúpido amigo invisible y ha estado a punto de echar a perder la fiesta, pero bueno al final lo ha arreglado con su regalo. La pequeña en cambio ha estado graciosísima, disfrazada de princesa y a todos los padres se les ha caído la baba con ella.

Mi papá ha ejercido de perfecto anfitrión y maestro de ceremonias. Es tan simpático que todos los niños se morían de risa con sus bromas y sus chistes. Incluso ha hecho un par de trucos de magia que han dejado embobados a mis amigos. En unos de los trucos me ha utilizado a mí como ayudante y en otro a mi amiga Diana. Ha estado genial.

Aunque todo ha salido perfecto. Ha habido una cosa que no me resisto a contar aquí, aunque seguramente no sea más que una tontería. Bueno. Este es mi diario nadie más que yo va a leer estas líneas y para que tiene una un diario, si no es para contarle secretos. Aunque sean tonterías. He visto algo extraño, por un momento he pensado que me estaba volviendo loca como mi hermano. En medio de la fiesta antes de los juegos he entrado a la casa para ir al baño, pues había bebido demasiada limonada ja,ja y al salir del baño he visto a un viejo delgado y pálido de ojos negros que me miraba fijamente, el extraño viejo ha alzado su mano esquelética hacia mí y he sentido un terrible frío y un desfallecimiento, entonces un camarero ha tropezado, tirando una bandeja en el jardín, provocando un gran estruendo, he mirado un instante fuera por un acto reflejo y cuando he vuelto a mirar al viejo, éste ya no se encontraba delante de mí. Le he preguntado a mi madre sobre ese viejo siniestro y me ha dicho que seguramente sería el abuelo de alguno de mis amigos que venía a recogerlo, pero lo cierto es que esos ojos negros no parecían unos ojos normales, supongo que me he dejado llevar por la excitación del momento y he visto cosas raras allí donde sólo había un ancianito buscando a su nieto. Aparte de esa pequeña tontería, que parece sacada de una mala película de terror, el día de hoy ha sido uno de los mejores días de mi vida.

Diario de Lydia Castillo

 24 de Septiembre

Hace días que no escribo. He estado muy triste. El día de mi cumpleaños a medianoche, mientras escribía la primera hoja del diario. La policía llegó a la casa. Una pareja de enamorados había encontrado el cuerpo de Diana tirado bajo el Puente de los Suspiros. Estaba muerta con un golpe en la cabeza. Le habían hecho cosas terribles. Cosas sucias. Mis padres no me lo han contado, pero yo lo sé. Se lo escuché ayer a un señor hablando con el dependiente de la carnicería, mientras éste le cortaba la carne en filetes. Cuando se dieron cuenta de que los estaba escuchando, se callaron de pronto con un silencio avergonzado.

EL funeral fue muy triste. Lloré durante todo el día y aún hoy me he despertado llorando. Cuando regresamos a casa hubo un problema con el jardinero y mi hermano Simón, no sé cual es más tonto de los dos, pero apenas sí me di cuenta de lo que pasó, porque no puedo sacarme a Diana de la cabeza.

 Nada de esto tiene sentido. Esta tarde me he detenido con el teléfono en la mano cuando estaba a punto de marcar el número de su casa, para comentar el capítulo de nuestra serie favorita, como hacíamos cada día. Ya no lo haremos más. ¿Quién habrá podido hacerle eso a la pobre Diana?

Estoy muy confusa. Asustada y preocupada. Me paso el día mirando a la pared. El psicólogo que trata a mi hermano de sus problemas mentales ha hablado conmigo hace unas horas, pero que sabrá ese hombre de lo que yo siento. De lo que pasa por mi corazón. Al regresar del psicólogo mi madre me ha dicho que quizá podría escribir lo que siento aquí, que eso podría ayudarme. Lo he intentado… pero no me ayuda. No me ayuda nada. Sólo puedo pensar en Diana.

Es el diario de mi hermana mayor. Una hermana a la que había olvidado por completo hasta este momento. Habla de su amiga Diana… Diana que fue asesinada esa misma noche, cuando regresaba del cumpleaños a su casa por los caminos que cruzan el saucedal.

VIII

Sí. Recuerdo a Diana. Es como si se hubiera grabado en mi mente según ojeaba el diario. Recuerdo un día bañándonos en el estanque, yo tenía siete años y ella once, recuerdo lo bonita que era. Esa tarde pensé que estaba completamente enamorado de ella, de su sonrisa, de sus tirabuzones dorados, de sus ojos color azul intenso. Era una buena niña. Jamás se metió conmigo por mis rarezas, al contrario que mi hermana que no paraba de reírse de mí, al considerarme extraño y un poco tonto. Recuerdo a Diana: esta misma tarde la he visto jugando en el saucedal, me ha dicho que yo no debería estar aquí. Llevaba el mismo vestido que en el cumpleaños de mi hermana. El vestido con el que la violaron y la mataron.

— Fue tú primer amor— dice una voz a mi espalda. El aliento se me congela en el pecho y mi corazón late desbocado. Es la voz de mi esposa. Me sorprende escucharla tan nítida, me doy cuenta que durante los últimos meses siempre estaba sedada por el terrible dolor que sufría y eso afectaba a su dicción.

— Lo fue— respondo, sintiendo mi mundo resquebrajarse como un castillo de naipes, ante una pequeña brisa que lo hace desmoronarse.

— Dicen que el primer amor nunca se olvida.— Siento su mano acariciar mi pelo como tanto le gustaba hacer en aquellos maravillosos años, antes de la llegada de la maldita enfermedad.

— Pues yo lo había olvidado hasta ahora mismo, aunque la verdad es que he olvidado casi todo— respondo, intentando darme la vuelta para poder verla, pero me retiene con mano firme.

— He venido desde muy lejos, mi amor. Me he colado por un resquicio de la realidad para avisarte, pero ya he dejado atrás todo lo humano. Me equivoque, amor mío, nunca debí hacer que me prometieras venir aquí. Estás en peligro, debes salir de esta casa cuanto antes. Te libero de tu promesa. Este lugar es una puerta, un lugar de poder, aquí no rigen las mismas leyes que en el resto del mundo. Por eso he podido transgredir los límites de la vida y la muerte para avisarte. No puedo permanecer mucho tiempo aquí, debo regresar al lugar que me corresponde. ¡Vete mientras puedas, mi amor! Es mejor no recordar nada, que los recuerdos que aquí te aguardan. Te quiero, y deseo que sepas que ya no siento dolor. Me encuentro bien, tranquila, en paz. Adiós, mi amor.

— Yo también te quiero— respondo, pero sé que ella ya no se encuentra allí para escucharme. Aún así continúo hablando con ella. Necesito hablar con ella, creo que durante el resto de mi vida seguiré hablando con ella, aunque no se encuentre ya conmigo.— ¿Recuerdas cuando nos casamos? Estabas tan hermosa, tan confiada, y yo estaba muerto de miedo. No veía nada claro el futuro, pero tu seguridad me dio fuerzas. Todo va a salir bien, me dijiste. Tú tenías razón, como siempre. Fuiste lo mejor de mi vida ¿Por qué me has dejado solo en este mundo que no comprendo? Necesito de tu seguridad. Lo siento, mi amor, no voy a salir de aquí. Necesito saber. No me importa lo que me ocurra. No le temo a nada, ya no. No sin ti. No temo a la muerte ni a la oscuridad. Nada me espera fuera de esta casa. Necesito saber. He de continuar.

Acaricio la tela del diario de mi hermana. Ahora sé que tenía una hermana mayor de la que no guardaba ningún recuerdo hasta este momento, también he escuchado la voz de mi madre y he sentido su presencia. No puedo escapar sin más. No cuando aún quedan muchas cosas que escarbar en mi pasado. Sé que habrá muchas cosas malas y terribles aguardándome en las sombras de mi memoria, pero las cosas buenas que estoy redescubriendo no tienen precio: la sonrisa de mi hermana al abrir mi regalo de cumpleaños, mi madre bellísima con su vestido blanco y sus cabellos danzando con el viento, mi padre haciendo juegos de magia para regocijo de los invitados, la pequeña disfrazada de princesita con la cara manchada de chocolate…

 Debo continuar abriendo puertas. Una puerta más. Recuerdo por qué el diario está escondido en mi cuarto, además vuelven a mi memoria el resto de cosas escondidas en el caballito de madera. Meto la mano en las entrañas del juguete, y saco una carpeta de cartón azul llena de recortes de periódico.

Los recortes hablan de una serie de asesinatos de niñas de entre doce y quince años, todas ellas de cabello rubio y de aspecto similar. En un periodo de siete meses, seis niñas fueron violadas y asesinadas en la pequeña ciudad. Diana fue una de las víctimas del Asesino de los Suspiros, como fue conocido el maldito depredador por dejar los cuerpos mutilados de dos de las pequeñas bajo el Puente de los Suspiros.

Con la carpeta y el diario en una mano y la linterna en la otra, desciendo las escaleras y dirijo mis pasos hacia el sauce llorón. Noto unas ligeras pisadas siguiéndome de cerca. Al salir al jardín la lechuza blanca me observa con ojos curiosos desde la copa del sauce.

— Es hora de recordar todo, para bien o para mal— murmuro un tanto nervioso.

La lechuza ulula, como si estuviera de acuerdo con mis palabras.

— Sí, es la hora de recordar— escucho la extraña voz nasal a mi espalda. Es la misma voz hipnótica que ha cantado la canción infantil del juego del escondite en la habitación. Pertenece al dueño de las pisadas ligeras que me sigue de cerca. La vocecilla suena amistosa y ansiosa, como si su mayor deseo fuera que yo recordara, pero hay en ella una sombra de miedo y de preocupación. Me pisa los talones, aunque cuando me vuelvo no puedo verlo, al mirar de reojo, por un momento, si que puedo intuir su pequeña figura.

El cielo sobre mi cabeza se oscurece, de pronto, como si se estuviera gestando la madre de todas las tormentas. Una espesa oscuridad despierta en lo profundo del saucedal. El viento de la tormenta agita las ramas de los sauces como un mar embravecido. En los límites del bosque, junto a la puerta abierta de la verja, el espectro de la niña que una vez fue amiga de mi hermana mayor, de la niña que fue mi primer amor, me mira. Me percató de que se encuentra muy asustada.

— Corre o será demasiado tarde. Debes recordar, para enfrentarte a lo que se va a desencadenar— me insta la vocecilla del pequeño ser, casi invisible, que camina junto a mí.

Un relámpago corta el cielo oscuro del crepúsculo en dos mitades con un plateado destello cegador. El trueno que le sigue, al instante, parece quebrar el cielo en mil pedazos. Es tan ensordecedor que me duelen los oídos como si me hubieran estallado los tímpanos, tras la explosión de una bomba. Trastabillo a punto de caer. Aturdido. La lluvia rompe con furia sobre mí, empapándome con heladas esquirlas de odio.

— ¡No te detengas!— me exhorta la voz a mi espalda. Siento como si sus pequeñas manos me mantuvieran en pie, agarrando mi muñeca, y me pusieran de nuevo en camino, hacia el sauce, con un fuerte empujón.

Mientras continúo avanzando veo como las sombras cobran vida en los lindes del bosque. El espectro de la niña ha desaparecido, devorado por una oscuridad plagada de seres terribles.

El sauce llorón me espera inmóvil, impoluto, como si el vendaval y la tormenta no fueran con él, como si estuviera por encima de eso. Finalmente llego junto al grueso tronco del sauce, caigo de rodillas en la tierra, sobre las profundas raíces.

Entonces lo veo. Es mucho más real que en el sueño. Lo veo con ojos de adulto que ha perdido la capacidad de creer. Por un momento mis ojos se niegan a verlo nada más que como una mancha difusa saliendo del interior del tronco. Pero, poco a poco, va tomando forma en mi mente. Sea lo que sea aquello, estira una de sus delgadas extremidades, como ramas cubiertas de hojas y brotes verdes, y toca mi frente.

Una explosión cegadora estalla en mi mente. Tan dolorosa que por unos instantes me detiene el corazón.

Muero.

Vivo.

Recuerdo.

Lo recuerdo todo como si nunca lo hubiera olvidado. ¡Oh, Dios mío! Lo recuerdo todo.

   

11 comentarios:

  1. Bueno, es bastante extenso, como una novela corta; pero lo he disfrutado , palabra por palabra; camino al saucedal me ha parecido, muy exquisito, y completo. Tanto, que por momento, he lagrimeado a gusto; y eso es cuando realmente disfruto algo. Lo he sentido como propio, ya que me unen varias características, de él. Y me llevaron de la mano, en cada escalón de la historia, reducida; que a tal impresión me pareció completa.

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    1. Muchas Gracias Ignacio. Me alegra mucho que te guste, pues es muy importante para mí saber que el prólogo funciona. Y por lo visto ha funcionado!!!! Espero que te haya dejado con ganas de más... Muy pronto. Un abrazo.

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  2. Atrapante, a pesar de lo extenso de la escritura, se lee con interés sin denerte un instante, cuando empezas no podes dejar de leer hasta llegar al final, esperando el capítulo siguiente.
    Saludos.

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    1. Muy agradecido, Mirta. Si como dices el prólogo es atrapante y deja con ganas de seguir leyendo, no se puede decir nada mejor, pues esa es su función y estoy encantado de que sea así. UN abrazo.

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  3. Qué buena pinta tiene. El vuelo de la lechuza, haces que sea cinematográfico y dan ganas de leer mucho más.

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    1. Gracias compañero. Si dan ganas de leer mucho más, trabajo cumplido porque es lo que se le pide a un prólogo. Un abrazo.

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  4. Excelente prologo Esteban, aunque demasiado extenso para mi gusto, más de 9.100 palabras para un prologo me parece del todo excesivo, más bien como te ha dicho Ignacio, es como una novela corta. (¿Y no se si era eso justamente lo que tu pretendías que pareciera?). De todas formas me ha gustado mucho. Un abrazo.

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    1. Gracias, Frank. Con respecto a la extensión: sí, es lo que pretendía y forma parte de la estructura del libro. Ya sé que puede intimidar un poco su extensión, pero esa extensión es clave para el resto de la novela. Una vez más muchas gracias Frank.

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  5. Me he sentido como si flotara en el interior de toda esa atmósfera, como en una película en 3D. Con tu narrativa y la originalidad del guión, las instropecciones, el ambiente y la descripción del paisaje y de la casa, es fácil imaginarte como un observador. De veras que me ha encantado, ha sido fascinante!! Espero con impaciencia la continuación...
    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Gracias, Marisa. La continuación, el primer capítulo de la novela, está en este enlace

      http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.ar/2015/04/primer-capitulo-de-el-hogar-de-los.html
      Un abrazo.

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